Esta entrada fue inicialmente descatalogada en 2024 de mfiallos.org y republicada en 2026.
«El perro es el único ser sobre la Tierra que te ama más a ti de lo que se ama a sí mismo».
«El perro es el más fiel de todos los animales, y por lo tanto el mejor amigo del hombre».
«Un perro es un ser admirable: no tiene prejuicios, no juzga, no conoce la maldad. Su devoción es infinita, su corazón puro».
«El perro tiene la virtud que más se valora en el ser humano: la lealtad».
Estas son citas de Arthur Schopenhauer, conocido por ser amante de los perros (y poco más). Como vimos en El animalismo, amor de cobardes, esta fijación con la lealdad de los perros es un fetiche clásico derivado de la ignorancia respecto a los conflictos de interés. Por supuesto que da igual los prejuicios que tenga el perro: porque los reserva para con la interacción de su especie.
Jamás te juzgará un perro por tu belleza, porque no puede reproducirse contigo, así que saca el mismo beneficio exacto con una persona desagraciada que con una persona hermosa. Sin embargo, no se puede decir lo mismo cuando se trata de relacionarse con otros perros, por lo que no es una cualidad absoluta (no sería físicamente posible).
Por lo tanto, no es algo que yo pueda decir que me gusta de los perros. Lo que sí me gusta de los perros y, bueno, de los animales en general — el humano como única excepción, puesto que lo soy —, es el resultado que genera la interacción con otras especies: un símil con la soledad. Es decir: estar con otra especie es lo más parecido a estar solo, sin el estrés de la apariencia ni la angustia del aislamiento. De ahí el amor por los animales, aparentemente incondicional.
Exactamente esto se trata en el libro Flores para Algernon, una novela breve sobre un hombre con discapacidad intelectual, Charlie Gordon, que se somete a un experimento científico para aumentar su inteligencia.
Hacia la mitad del libro, Charlie comienza a ligar con su profesora de la escuela de discapacitados: Alice. Él ya no es uno y, por lo tanto, despierta en él un sentimiento romántico por aquella mujer que lo ha salvado de su ignorancia. En poco tiempo, el hombre se desarrolla intelectualmente muy por encima de los demás, lo que lo hace sentir sumamente solo y Alice es la única persona capaz de calmar esa angustia. Muy para mi sorpresa, el sentimiento era mutuo.
Esto implicaba que ella debía tener un fetiche con los retrasados. Quiero decir, ¿lo has visto cagándose encima toda la vida y de repente cambia tu visión de él lo suficiente como para enamorarte? ¿No deberías ver a un pobre retrasado en su cara, por mucho que fuese docto? Como una imagen superpuesta.
Pero lo sacudí pensando en que se trataba de una malinterpretación mía producto de un autor que no sabía como ejecutar esta trama. Bueno, me equivoqué: mi respuesta inicial estaba bien encaminada.
Lo que sucede tras el éxito del experimento es gracioso: en una escena sumamente dramática, Alice le confiesa a Charlie que desde que se ha vuelto inteligente ha perdido sentido su relación, porque se apoyaba en su inferioridad para sentirse bien respecto a ella misma. Ella dice que ha perdido su dulzura, su autenticidad y confiesa la frustración que le produce la expresión de Charlie mientras hablan: una expresión tensa por la lentitud con la que ella procesa la información. Charlie le niega que eso sea real y que lo que le importa es poder hablar con ella, pero no sirve de nada: Alice se siente estúpida a su lado y, por mucho que se esfuerce, no podrá alcanzarlo jamás. Y eso es lo que muchos a su alrededor comienzan a reprocharle, sintiéndose amenazados por ese potencial enemigo invisible e inaccesible que es una inteligencia superior.
Lo que nos lleva a lo que comentaba al principio: Charlie Gordon era más parecido a un perro que a una persona, y ella deseaba poder acostarse con él sabiendo que ella era humana y él no. Aunque estoy segura de que las implicaciones morales de la cuestión la habían estado deteniendo. Poder y diferenciación, son cosas muy importantes para el ego, y personas como Alice ansían llevarlo al extremo.
He de admitir que he dejado el libro por ahí, por el momento, porque he estado muy ocupado quemando el salario navideño. Pero no tardaré en terminarlo y para entonces quizá actualice esta entrada.
La figura del perro es la figura de un ser vivo que contiene todo lo bueno de la compañía sin lo malo de ésta. No te sentirás solo ni tampoco amenazado, que es el principal obstáculo que presenta la compañía humana. Cuando tu tienes un amigo humano, tienes a una criatura con sus propios intereses personales. Debido a algunos intereses compartidos, obtenéis beneficio de haceros aliados; sin embargo, por muchos intereses compartidos que haya, la realidad es que siempre existirán intereses conflictivos: es decir, intereses que van en tu contra. Ejemplos son la libertad sexual, el éxito académico, la prosperidad laboral y financiera... cualquier tipo de competencia, en esencia.
Esto es reconfortante y es además la razón por la que muchas personas desdeñan al humano a favor del perro. Otra razón es que no han leído la entrada que mencioné al comienzo. Personalmente, adoro a los bichos, pero reconozco que todos jugamos en el mismo plano físico y, por lo tanto, valoro de manera realista mis relaciones con otros seres vivos. Sin embargo, desde hace mucho tiempo, por ejemplo, he notado una creciente inclinación sexual por espectar este fenómeno de la soledad acompañada. Los animales son seres con convenciones primitivas y un carácter salvaje. Tienen un actuar más acorde a los estímulos recibidos, con menos capas de procesado. Además de menor conciencia sobre su existencia, porque no tienen la capacidad intelectual como para tomar decisiones de alta alcurnia por sí mismos.
Esto me lleva a la romántica secuencia de días anteriores:
El hombre abraza a su perro, una hembra de tamaño mediano, a manchas blancas y marrones. En sus ojos, mira a quién graba, se ve: es un perro inteligente, que sabe lo que quiere. A diferencia de las hembras humanas, en su sonrisa no hay rastro de vanidad*. El hombre la besa de patas a cabeza, con una precisión que ningún chucho puede igualar. Ella está relajada, le permite todo lo que quiera. Entonces la prepara él como a cualquier otra hembra y luego dispone de ella lentamente. La perra saca la lengua y mira de nuevo a la lente cuando la detecta. Está claro: se encuentra en el paraíso. Su expresión orgánica revela las sensaciones de su cuerpo, y mira a su dueño con ojos llenos de emoción. Y lo mejor: no tiene que preocuparse de cuidar posteriormente a camada ninguna. Se lamen los morros mutuamente. Cuando el hombre termina en su propia mano, el animal se apresura a lamerla y luego lame los genitales de su amo hasta que no queda evidencia del acto. Vuelven a abrazarse y sonríen plácidamente. El poema ha concluido.
* Hace falta mucha vanidad o ignorancia para mirar así a la cámara, puesto que sabes que toda la atención está en ti en ese momento. Eso es un descaro cuando lo hace una mujer. ¿A quién crees que estás mirando así? Conoce tu lugar. Pero en el caso del perro, no es así: la perra jamás podría enfrentarse a mí, está en un plano diferente. Sabe que no van a verla otros perros, sino otros humanos, así que sonríe no con audacia sino con gozo raso. Es genuina: es una sonrisa de placer genuino y no una sonrisa de orgullo sucio, desafiante. No hay confrontación. No hay lucha.
Exactamente como el hombre de ese vídeo es como quería sentirse Alice Kinnian. No obstante, al no comprender plenamente las implicaciones de su relación con Charlie y su cambio intelectual, cometió dos errores: primero, permitir que aumentara su inteligencia sin prever las consecuencias emocionales, y segundo, dejarse vencer por la inseguridad que le generaba estar junto a un ser intelectualmente superior.
Se colocó por debajo de alguien que a ojos vistas sufría de otras carencias y tan solo se obsesionó con su adoración por el seso nuevo del muchacho... adoración que no tomó un cariz amoroso sino temeroso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Agradecemos su participación, monsieur.