Oh, perverso el asesino.
Perverso él que atenta contra nuestra integridad, subyugándonos a sus deseos sádicos e irracionales. Incontables sus víctimas, ¡inconmensurable su deuda! Aquella que jamás podrá pagar si no es con su eterno terror y arrepentimiento. Oh, ¡pero no lo puede resarcir de manera ninguna! ¡Ese hombre carece de corazón!
El mundo lo ha hecho para esa grotesca tarea: ¡la de arrebatarnos de la faz a criaturas que ningún perjuicio acometieron contra la sociedad! ¿Qué? ¿Acaso insinúa que no eran todos inocentes? Entonces debemos concederle el beneficio de la duda a este diablo también, ¿no? Puesto que la misericordia no cree en el análisis. Oh, ¿ahora solicita usted un análisis, rufián? Me veo en la obligación de concedérselo para que comprenda la magnitud de su ofensa para con la noble comunidad que le oye.