El psicópata de Jorge

El otro día estaba escuchando a dos señores hablando sobre la psicopatía y, como no, el filósofo tuvo que arquear una ceja. Una vez más, se demuestra que el mono repite por consenso y no piensa antes de hablar.

Se suele decir que el psicópata es una persona despiadada que ve a las personas como medios y no como fines... y la gente no para de repetir la misma bobada en bucle. Nunca he entendido esta afirmación y a medida que siga hablando veréis como vosotros tampoco. El punto viene siendo que los psicópatas no pueden crear conexiones genuinas con los demás, porque son fríos y calculadores, además de crueles y violentos. 

No todos los psicópatas (por no decir todo el rato, individuo que puntúe alto en la escala de psicopatía) actúan igual porque, por supuesto, igual que con todo en esta vida, con el autismo y con la negrura, el humano va por grados. Con lo cual, una persona puede ser serena y altamente psicópata, así como un imbécil puede no tener remordimientos y querer pegarse con todo lo que se le cruza por delante. 

Llevo toda la vida leyendo a presuntos diagnosticados psicópatas en Quora —que en principio fueron a ver a profesionales de la medicina solo porque se sentían ligeramente desplazados o tenían curiosidad porque al ser honestos la gente los trataba extraño—, que responden a las preguntas morbosas de los internautas. La pregunta por excelencia es:

— ¿Puede un psicópata amar? 

La respuesta suele ser algo como:

— No, no entiendo a qué os referís siquiera.

¿Os recuerda a algo? Exacto, os debe recordar a una máquina. Resulta que si a un ser humano le quitas  esa acérrima dependencia social se queda en esto: una persona que no comprende qué es esa bola romántica, porque es algo que no puede entenderse sin el largo recorrido biológico del ser humano. Es un impulso, una necesidad: ¡la esclavitud de la que el hombre no puede escapar porque es presa de Dios! 

El psicópata «padece» un trastorno antisocial. Por eso, el psicópata es vulnerable al resto de flaquezas humanas, la única excepción son los asuntos sociales. La máquina no entiende de ningún asunto: el psicópata tan es incapaz de acceder a la feria del amor. ¿O no? 

¿Qué es «amar»? Uno de estos hombres lo sé infiel y burlesco al respecto. ¿Es él un psicópata? ¿Podríamos decir, aún así, que sabe amar? No, la verdad es que no sabe Amar, pero sí puede sentir atracción y dependencia, y esta especie de amor vulgar —el más común de los amores— es la necesidad de socializar y el apego o cercanía a determinadas personas medianamente compatibles del sexo opuesto. La amistad es lo mismo pero con el mismo sexo. 

Vaya, estoy seguro de que el psicópata puede hacer eso también. Piénsalo como ver una serie: una serie puede ser entretenida, ¿no? Estoy segura de que un psicópata puede reírse con una buena comedia. Esa buena comedia puede ser una persona. ¿Le importaría si se muriera? Sí, porque se quedaría sin ese entretenimiento. Si es una pareja, quizá se quede sin un buen compañero de cama. ¿Te suena esto? Es el mismo concepto de amor y amistad que tienes tú. 

El problema es que el psicópata experimenta una suerte de lucidez de lo que hace en lo social y muchas personas actúan por impulso ciego, inconscientes de sus acciones. Viéndolo así, el psicópata simplemente no va en piloto automático cuando gestiona sus relaciones sociales. Empero, si tienes hambre, da igual si eres un adicto a la comida o no, notarás como tu cuerpo se va debilitando... eso es la pérdida de recursos por abnegación social. Esto de «no ir en piloto automático» tampoco significa que sea más inteligente que los demás, ni que pueda extraer más beneficio; sino que tiene una perspectiva distante que le proporciona herramientas diferentes. Al final, como con todo, hay una manera universal de hacer las cosas por algo. El psicópata «se integra y camufla» porque es la manera de hacer las cosas en sociedad. No, no es que se ponga modo camaleón para burlar a las personas, sino que cooperar en la mayoría de casos es lo más beneficioso para todos. 

Pero, ¿acaso solo el psicópata falla y es de temer? Cuando una persona es infiel a su pareja, la única diferencia entre el psicópata y la persona estándar es la cantidad de lágrimas que se derramarán en ese hogar, pero la falta sigue siendo la misma. 

«Al psicópata la moralidad es un asunto que no podría importarle menos, porque precisamente una de sus definiciones es la de la persona que está fuera de la comunidad moral. La moral de su grupo no repercute en sus acciones: no necesita cumplir con un rol solo porque es lo que se espera de él», visto en Asesinos múltiples de Vicente Garrido. 

A menudo se le da demasiada importancia al dolor en el corazón del traidor... no hay razón para apiadarse de alguien por sus lágrimas: la demostración de arrepentimiento es una adaptación evolutiva para quedarse en la tribu, para convencer al resto de que no lo volverás a hacer. Demuestras dolor y los demás te perdonan. Eso es absurdo. La mayoría de monos cometerán la misma falta una y otra vez pese a que derramen lágrimas porque están programados para faltar de vez en cuando, que supone más beneficio que comportarse rectamente siempre. Se agobian, se estresan, dicen que «han cambiado», se convencen ellos. El psicópata solamente dirá:

— Quise hacerlo y lo hice. Una lástima que se haya destapado todo. 

Al momento de juzgar, los monos dirán que la primera persona [la que llora] ha cometido un pobre error, que todos somos humanos; sin embargo, el psicópata los aterrará. Amigo, han cometido el mismo error, ¿pueden unas lágrimas de cocodrilo hacer tanta diferencia? Sí: porque si hay dolor hay más posibilidades de que te delates tú mismo. ¿Cuántas veces la conciencia os ha hecho confesar alguna fechoría? Os sentís mejor con vosotros mismos después de decirlo y los demás agradecen vuestras lágrimas porque saben que si has sufrido hoy, sufrirás mañana: y si vuelves a cagarla lo sabrán, porque no tienes la capacidad de callar. 

Sobre las mujeres poco modestas

Cuando hablamos de animales, las hembras son esa criatura que necesita atención constante, mientras que el varón es esa criatura que necesita darla.

Un tal Andrew Tate dijo una vez: «la mujer experimenta un placer tan grande cuando la alaban, que es válido compararlo con la infidelidad material de un hombre...», tras una breve pausa, añadió: «quizá sea hasta peor», si mal no recuerdo. 

Mucha gente se llevó las manos a la cabeza, pero yo me llevé una al mentón. Si analizamos esta afirmación cautelosamente nos daremos cuenta de que, si bien no es peor, tampoco es incomparable. 

Es cierto que ante una infidelidad material tenemos riesgos de salud añadidos, sí, pero es preocupante porque una infidelidad material es vista hoy en día como algo negativo, venga del sexo que venga, y, en cambio, la exposición de la carne en redes sociales está permitido. 

Esto viene, como vengo diciendo, de la infantilización de la mujer y de la visión virginal y puritana de ésta. ¿Qué las mujeres buscan el éxito reproductivo tanto como el hombre? Evidente, mas la conducta femenina presenta unas sutiles diferencias. Realizar las equivalencias correctas de las faltas comunes de ambos géneros es importante para dilucidar las problemáticas en las relaciones interpersonales y el estado de la sociedad. 

¿Quiénes son esas mujeres que se desnudan ante miles de espectadores y qué buscan realmente?

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Los hombres critican a las mujeres por lo mismo que las mujeres critican a los hombres. Esto es así porque de esa manera tanto un bando como el otro limita, dentro de su grupo y fuera de él, las acciones que nos son ventajosas cuando las ejercemos nosotros y nadie más. Así como el robar, si toda la colonia roba, nos jodemos todos, pero si hacemos una ley y son pocos los que roban, éstos pueden hacerse con un bonus. 

Lo mismo sucede con todo lo que tildamos de malo: decimos que esto o aquello es problemático, inmoral, terrible, que debe ser castigado con la horca y, a escondidas, muchos deciden que son los reyes del mundo y que la historia no va con ellos. «No hagas lo que no quieres que te hagan», pero esto es solo una amenaza a la conciencia, en realidad, mientras dicen esto, suelen pensar: «porque me lo harás a mí, y yo soy el único que puede hacerlo», aunque te lo negarán y se lo negarán, porque nadie quiere ser el malo del pueblo, ¡qué carga sobre la espalda!

La mujer obtiene un beneficio superlativo de los hombres que la desean pero que no copulan con ella. Son estos hombres los que ella desprecia, porque no debe tener un hijo con alguien débil, incapaz de fertilizar pero que da todos sus recursos a la primera que pilla; y, sin embargo, los trata bien cuando se baja las bragas para la cámara, les habla bonito e incluso, si es aburrida de cojones, aceptará cenas con múltiples hombres... de esos débiles que desprecia. 

Los hombres hacen lo mismo: extraen un gran beneficio de las mujeres que aflojan con algo de dinero [mejor si con nada], que no suponen un compromiso, que están hoy ahí y mañana no y, sin embargo, muchos dicen odiarlas, porque de no odiarlas estarían invirtiendo en una hembra promiscua que no va a dar hijas majas. 

Oh, ¡es la lucha de hombres y mujeres por el hijo bien portado!

Las putas y los desesperados son, en definitiva, criaturas con bajo prestigio pero necesitadas. Son como los de la planta de reciclaje, los recolectores de deshechos, etcétera. Invisibles cuando se ha de visualizar un ser digno, pero sumamente útiles.

La chica que vi en la estación

El otro día estaba esperando el tren a Barcelona y vi a esta chica. Era absolutamente perfecta de la cabeza a los pies, según podía verse, con el pelo de caramelo y los ojos negros. Era la feminidad en estado puro. 

Sabía su nombre porque la tuve presente desde el día en que la vi por primera vez [tan solo tengo buena memoria y no olvido ninguna cara, pero no me corten el rollo...]. Se llamaba igual que una de mis tristes antiguamente mejores amigas, pero no nos conocíamos las voces ni por un saludo. 

Me quedé con ganas de mirarla un poco más. Estaba ahí, justo ahí, pero por convenciones sociales no puedo acercarme a nadie con intenciones de analizar su cara y su historia [«Hola, buenas, ¿estoy haciendo unas encuestas a gente guapa?»]. No soy ningún envidioso, tampoco me sentía atraído; era, lo que soy, un curioso. 

Iba vestida como a mi me gusta y pensé, relacionándome con el  autor de novela romántica:

» Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida [¡la mujer por definición!], pero, si fuere un hombre enamorado, esto no tendría ningún valor para mí de no encontrarme en uno de estos casos: en el primero, es la chica más dulce y maravillosa, y cumple todas mis fantasías, a todos los niveles, y nos casamos; en el segundo, es la mujer que me destroza y provoca mi suicidio, por motivos totalmente ajenos a su belleza. 

En caso de ser mediocre más allá de su carne, no tendría absolutamente ningún problema en enterrarla lejos... así como sucede cuando adquieres un abrigo que has deseado por mucho tiempo y hace bolas al segundo uso, o cuando te haces con unos hermosos zapatos imposibles de combinar. Para quienes tenemos visión pragmática y no romántica y estúpida, el valor de las cosas reside en cuanto nos pueden dar, no en cuanto podemos darles, en una admiración retorcida que termina por consumir nuestra dignidad.

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¿No se siente irónico? Una persona atractiva posee facciones, por separado, promedio; sin embargo, el hecho de que aúne tanta armonía, simetría y características tan normales en todos sus elementos lo hace destacar. En resumen: una persona bella posee facciones promedio, pero no es promedio poseer  una gran cantidad de facciones promedio. 

Hace muchos años conocí a dos mujeres. Ambas eran mujeres bellísimas y delgadas. Si hubiere tenido que dar mi opinión, me hubiera decantado por la de los rizos de oro, pero la mayoría prefería a la otra. Rizos de oro poseía una piel de charol y su estructura era robusta pero delicada y esbelta y tenía la nariz finísima y una frente prominente, sí, pero que encajaba a la perfección con sus pómulos y su mentón también destacables. Era, ni más ni menos: una suerte. No hay ningún plan para la belleza, simplemente da la sensación de que la persona está bien porque no hay nada "fuera de lugar". Por eso me sorprende tanto como el caer de la nieve: elevo las cejas, contemplo el panorama, entiendo de donde viene la causa y me giro para seguir con mis propios asuntos, mucho más interesantes que los eventos fortuitos [por supuesto, esto son eventos fortuitos que me conciernen]. 

La persona promedio no tiene ningún problema, pero el cerebro humano está hecho para poner pegas. Como vimos en "Sobre la piel blanca", el cerebro tiende a ver problemas donde no los hay porque, hey, ¿y si los hay? Uno no sabe si esos ojos con inclinación cantal negativa son producto de una infinita tristeza y cansancio o simplemente una característica aleatoria que no afecta en nada a la salud del individuo. Sin embargo, son los ojos rasgados hacia arriba los que priman en el gusto popular; y, os lo digo ya, es únicamente por la sensación de tirantez y el efecto que producen en los pómulos. Recordemos que, de por si, ninguna cosa es bella, requiere de un contexto [es el contexto lo que hace algo bello, así como lo es la muerte de un hombre para el que desea venganza]. 

Aún no he dicho por qué preferían a esta otra muchacha frente a rizos de oro, aunque creo que ya se me va viendo el plumero. Sencillamente, el rostro de la otra era mucho más promedio, más estándar. No tenía nada de destacable. Su piel pálida y mate le ganó a la piel de charol, su pelo lacio y oscuro ganó a rizos de oro, su nariz estándar femenina ganó a una nariz delgada y perfectamente definida y su frente poco prominente ganó al hueso que duraría toda la eternidad. La normalidad ganó el juego. 

Fue una experiencia porque yo nunca hube notado nada en esta chica, sin embargo se ve que todos y todas querían pintarla en un mural. Yo no hubiere dado un penique por el rostro más normal que vi en mi vida, busto del cuerpo más normal que vi en mi vida, ¡y encima con esa actitud tan pobre y esa mentalidad tan escueta! 

Sin duda, el ser humano es aburrido y patético. 

Llevarse cosas a la boca

En una entrada reciente hablé del gusto por comer, por ponerlo suave.

«¿Y esto no es igual acaso con todo lo que comemos? Todo lo que es adorable cabe en nuestra boca. En la boca nos metemos todo lo que nos gusta. Por eso uno debe saber que quien no se mete nada en la boca, ni besa, no ama, y quien ha decidido dejar de comer para siempre, ya no quiere saber nada del mundo». 

A raíz de eso se me antojó buena idea compartir las relaciones que he forjado entre la personalidad de los individuos y sus hábitos sexuales, puesto que es algo muy cercano a cada uno de nosotros y, sin embargo, muchos matices pueden pasar desapercibidos. 

Me veo en la obligación de decir que podría estar equivocado con algo... pero en realidad, no tengo ninguna duda. Todo se sigue de razonamientos completamente lógicos y creo que cada uno de vosotros puede o podrá ratificar mis palabras durante sus experiencias de alcoba. Si no estáis de acuerdo con alguno de mis postulados, espero que me respondáis de la peor manera posible. 

Hoy hablamos, pues, de cómo la conducta sexual refleja fielmente la personalidad del individuo (vaya una redundancia...). 

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Una hembra que da sexo oral a todos los hombres con los que se acuesta, en el primer caso busca aprobación desesperadamente. Quizá se siente terriblemente mal consigo misma. Seguramente tenga miedo al abandono y haría cualquier cosa para complacer o impresionar a los demás.

En el segundo caso, es una pícara promiscua, olvida rápido sus amores y busca el placer sexual en todo momento. Le aburren las cosas a medias y no tiene problema en cambiar de pareja si un nuevo postre se le presenta. No tiene gran apego emocional y tampoco carga con una jerarquía vital de afectos, pues es autosuficiente.

¿Cómo se distinguen? Muy fácil: la primera está insatisfecha con la mayoría de parejas sexuales, porque no tiene ni orgullo, ni astucia, ni maña. Es el muñeco del primero que pase y solo actúa para contentar y ser aprobada como una concubina pasiva e infeliz. 

Un hombre que da sexo oral a todas las mujeres con las que se acuesta, es enamoradizo y débil o extremadamente valiente; en ambos casos se mantiene el idealismo y lo risueño. 

Un hombre que besa sin problema y con iniciativa el cuerpo de sus parejas sexuales, sin importar la relación que tenga con éstas, es un hombre capaz de amar profundamente y a menudo tiene el corazón tan suelto como la bragueta. Es un soñador y seguramente escribe poesías a sus amores pasados, presentes y futuros en la intimidad. Seguramente actúe ligeramente afeminado, en el buen o en el mal sentido, dependiendo de la fortaleza mental. 

Un hombre que jamás da sexo oral, es un hombre incapaz de enamorarse. Muy probablemente un psicópata o una persona de muy bajos recursos sociales (genuinos). También podría ser un hombre que se deja llevar mucho por la opinión masculina, en cuyo caso variará su actuación dependiendo de cual sea la tendencia sexual del momento (¿es hoy algo viril complacer a la mujer o más bien desdeñarla?).

Un hombre que no encuentra necesario besar a sus parejas sexuales, o incluso le desagrada la idea, es un hombre independiente y que olvida fácilmente a la pareja. Seguramente sea infiel y solo copule con el fin de llegar al orgasmo, como una obligación divina; sin prestar atención a los pequeños detalles o a preliminares de otro tipo. Si se da el caso de que no lo encuentra necesario, excepto en una pareja de cada docena, es un hombre comprometido con sus causas y extremadamente disciplinado, incapaz de compartir con quienes no le han demostrado una fuerte lealtad, con el corazón disponible enteramente para una mujer que respete... mientras el respeto dura. 

Una mujer que no da sexo oral, pero sí accede al coito sin problema, es una mujer controladora y emocionalmente independiente.

Es amanerada y servil. No lo hará por gusto, pero sí lo haría por obligación. Es solicita pero no hace nada desde el corazón. Sus actos y su vida están vacíos. Si solo lo hace por gusto con un hombre, es una mujer modesta y capaz de respetar y admirar profundamente, pero también guarda miedo en su corazón.

La adjudicación de valor y los objetivos primordiales

Habitualmente nos topamos con el siguiente escenario: dos personas discuten qué es lo mejor. Se dicen de todo, llegan a las manos y hay gritos y llantos. ¿Sabes por qué? En la mayoría de casos, como cuando hablamos de los TCAs, las cosas se solucionan preguntando: ¿y para qué? ¿Por qué?

Cuando una persona nos habla de aquello a lo que le confiere valor, de aquello que supone una prioridad, siempre se trata de una visión subjetiva. Sin embargo, cuando nos hablan de cómo sería mejor llevar a cabo una tarea en específico, ahí la cosa es distinta. Aunque no hay una cosa «mejor» ni ningún escenario «perfecto» sí que hay acciones más óptimas que otras para escenarios concretos. 

Por ejemplo: si quisiésemos reducir el índice de transmisión de enfermedades venéreas, tendríamos que prohibir prostíbulos e incentivar a la gente a mantener su castidad y moderación sexual. En este caso la existencia del prostíbulo es negativa. 

Mas, si nuestro propósito fuere montar un prostíbulo para mejorar nuestra situación económica, entonces deberíamos considerar el prostíbulo como algo positivo.

Hablar de lo que es mejor o es peor sin definir una métrica es peligroso. Inclusive, un regente de prostíbulo podría decir que le parece que la existencia de tal es malo. 

— Sin duda es malo para el alma — podría llegar a decir —, ¡pero es muy bueno para mi bolsillo! — y esas opiniones pueden coexistir. 

Solo un necio le adjudicaría un valor absoluto... 

Podríamos decir lo mismo de cualquier fuente de placer instantáneo y vulgar y de cualquiera que saque tajada del asunto. Como veis, este es el prostíbulo de Schrödinger y, no, no es que se vuelva malo y luego bueno de nuevo, sino que depende de qué estemos hablando y de qué mundo queramos (aquí somos deterministas). 

— Yo sí creo que una mujer que folla a diestro y siniestro tiene menos valor que una mujer mesurada — dice Green en un directo.  

Y, de nuevo, se pierde el propósito de la frase cuando no se evoca una métrica. ¿Mejor para qué? ¿Para ser tú mujer? En ese caso, eso es muy válido. Green goza de una relación tradicional con su esposa y ambos conviven en ese espectro de valores convencionalmente asociados al cristianismo. Podemos decir que su relación es extremadamente sana para el cuerpo y el alma y, en apariencia, es muy exitosa. 

Esto funciona porque ambos se complementan adecuadamente. Green ha admitido en alguna ocasión haber tenido en el pasado, mucho más joven, alguna relación con mujeres a las que hoy en día denigra. Él habla de esto con interés didáctico, para que otros jóvenes no comentan ese «error». Pero ese es un «error» cuando uno le da esa connotación.

Me explico: uno puede considerar algo dañino solo cuando su objetivo primordial se ve afectado negativamente por su acción. Definir un objetivo primordial nos evitará dolores de cabeza, corazón y cuello. 

Evidentemente, un hombre como Green, que pone a la familia y los hijos por encima de todo, no va a encontrar valor en una mujer promiscua, incluso si esa promiscuidad está enterrada en el pasado (muchas de sus consecuencias son irrevocables: podría suponer una pérdida de honor, de reputación, una exposición a un riesgo sanitario, un lidiar con conductas abrasivas...). 

No obstante, si su objetivo fuere otro, su perspectiva podría ser distinta. Quizá eres un pobre diablo a la que ninguna mujer tomaría en serio; en ese caso, igual te conviene una mujer que no te tenga que tomar en serio. 

Siguiendo con el señor... Green a menudo peca de hablar de las mujeres mayores que viven su sexualidad libremente de imbéciles o cae en el tópico de que «morirán solas y amargadas». Hombre o mujer, es muy probable que mueras solo si no tienes familia... y si la tienes, quizá también. Hay hogares amorosos y hogares que no tanto, por desgracia.

— Una cuarentona como tú ya no tiene valor — expresa sin reparos — ya ni pueden tener hijos — ese es el argumento principal.

El problema de hablar de manera tan absoluta respecto al valor de una mujer mayor, es que generas y promueves odio, rechazo y estereotipos que no tienen por qué cumplirse a rajatabla. 

Algunas mujeres no están de acuerdo con tu lógica tradicional y viven su vida con otros estándares. O sí que han cumplido con su parte, pero no han tenido tanta «suerte» como tu mujer. 

Algunas de ellas puede que no hayan tenido la suerte de encontrar un hombre afín a sus principios, si hablamos de las «cuarentonas solteronas». Por mucho que te empeñes en encontrar a la pareja ideal, entre que conoces a uno y a otro pierdes años. No siempre vas a estar pendiente de citas y hombres y, para cuando sacas hueco ya tienes muchos años encima.