Pensamientos sobre la vejez

Hoy me encuentro, ¿cómo decirlo? Desenfocado. Es uno de esos días donde creo que he comido algo que no debía... ¿quizá demasiado azúcar? Podrían ser las escasas horas de sueño que Dios me ha permitido esta noche. 

Días como estos son tristes porque, aunque hoy, pues soy joven, podría ser algo transitorio, pienso que, algún día, será el pan diario. En un par de décadas yo despertaré así todas las mañanas, afrontando mi vida con la pesadez de una armadura o, más bien, unas cadenas: las del deterioro físico y mental. Con las capacidades cognitivas mermadas, aunque quizá con el espíritu intacto, el mundo olvidará quién fui y, aun si no fui grande, seré más pequeño. 

— Un estorbo, eso son los viejos — dicen a veces las gentes. 

No se les puede quitar la razón. Los niños son un estorbo hoy y un recurso mañana; los viejos son estorbo hoy y luego, abono. ¿Por qué habría lugar para la piedad con un cuerpo tan frágil e inútil? 

Cuando veo a un anciano que, pobre de él, está más en el Cielo que en la Tierra, siento una breve mas intensa rabia prendiendo en mi abdomen y pienso en si está haciéndolo a propósito, si es posible que alguien no pueda enderezarse a sí mismo como lo hace una criatura lozana: despejar su mente y aligerar su cuerpo así como nosotros los jóvenes nos sacamos las lagañas. 

En días como estos, estoy triste porque entiendo que tal cosa es imposible. Hoy me pesa la cabeza y apenas puedo comunicarme. Suele ser un ardua tarea, sí, y ahora es una Odisea. Siento... como me entrego a la niebla, sí... al aturdimiento de mi mente, poco a poco y me pierdo... ¿es así como se siente envejecer? 

Últimamente, al caer la noche, cierro los ojos y tengo la sensación de que alguien me observa. Cuando abro los ojos, era evidente, no hay nadie. Hay un pensamiento que, a modo de consuelo, llevo empleando los últimos años:

— Si he de morir, sería un placer que fuere a manos de puta magia Borras — me doy la vuelta y ahí, por norma general, concilio el sueño. 

Hay un sueño recurrente donde un demonio hinca sus garras en los huecos de mis costillas. El dolor es tal que he llegado a sentir que moría. He de esforzarme mucho por despertar. 

La última vez que me sucedió, el demonio tenía forma de bella mujer pecosa. En todo momento mantuvimos el contacto visual. Sentía que se me iba el alma por la boca, pero por algun motivo también había un gran placer en esa experiencia letal, por lo que le reté a intentarlo de nuevo, sabiendo que no me sería fácil zafarme. Cuando el dolor fue demasiado como para seguir tentando a la suerte, me desperté y volví a una soledad tanto o más dolorosa.  

Sobre la culpa

Esta entrada está conceptualmente relacionada con El psicópata de Jorge, donde se destaca la capacidad de los psicópatas para mantener relaciones superficiales y el papel del arrepentimiento como una adaptación evolutiva. Se sugiere que los psicópatas podrían ser más honestos consigo mismos en sus acciones. ¡Exacto! Hoy retomamos precisamente eso... ¿cuán vívida es nuestra conexión con nosotros mismos? Es sorprendente la cantidad de gente que no puede aceptar la responsabilidad de sus acciones por una incapacidad física, por miedo a Dios. 

La culpa… qué fiera es. Incluso una bestia solitaria como el hombre aún encuentra excusas para sentir miedo del resto... pero no halla motivos para argumentar lógicamente y sobreponerse a sus fallos. 

Es dura, ¿o no? Me avergüenza ligeramente porque me las doy de sabio roedor de las verdades, mas yo también he sido joven y le he temido a Dios. Primero os contaré una anécdota turbia, de las más sucias que tengo, y luego os proveeré un par de bellos argumentos.

Un día creí haber matado a un par de personas. No me preguntéis como sucedió: fue una noche tormentosa, colmada de pena. Yo estaba borracho, drogado y juguetón... me habían despertado de un desolado letargo. Estaba listo para la acción, sin importar qué. Supe que había ido demasiado lejos cuando empezó a llenarse todo de sangre. Honestamente, mi único pensamiento ante los cuerpos, quizá sin vida, quizá no, era: «¿y a mí qué?».

A todo frenesí, por desgracia, le sucede el contundente delirio de la quietud, donde las largas reflexiones se encargan de reparar en las pretensiones de la culpa: controlarte mediante la angustia. Pero no te dice nada, no: solamente te golpea... no te habla, no te trata de convencer. Está, la angustia, tan segura de sí misma y de su poder de dominación, puesto que convence a las más voraces fieras del reino animal, que ni se molesta en presentarse como un agudo ingenio. 

Estaba en la ducha… agua caliente, esponja...

—Dios, Dios, Dios… perdóname.

— ¿Qué te preocupa tanto? — dijo, desde el desagüe.

— Es que… he pecado, pues no sé si lo que he hecho va en contra de mí… ahora no sé quién soy — sí, ese era el punto clave: «¿va en contra de mis argumentos, realmente, este asesinato?» — ¿he tomado una terrible decisión? Toda esa sangre… he perdido mi honor, mi respeto.

— ¿Y qué necesitas ahora? ¿Misericordia?

— Respuestas, sobre todo: ahora hay quien busca mi cabeza, pero…  ¿haría bien en defenderme? Si sigo viviendo, ¿volveré a traicionarme?

— Pero, ¿en qué?

— No he sido cívico.

— Haz lo que te plazca. Ellos tampoco. Come, gana, come, gana. ¿Cuánto hubieran vivido y cuánto vivirás? El hombre, siendo optimistas, vive hasta los cuarenta años.

— Entonces, ¿me permitirás reflexionarlo detenidamente un par de años más? ¿Soy libre?

— Filósofo… ahora sí te estás traicionando. ¿Acaso no sabes que mañana esto te dará completamente igual? Tú no perteneces a la tribu de tus víctimas. Te verás sin consecuencias y, naturalmente, lo olvidarás.

Al mundano, lo propio.

Aun sí os hace gracia que ponga mis pensamientos como una teodicea, lo cierto es que mis misivas para con Dios son muy sensatas y racionales. En primer lugar, yo me pregunto, como humano, cuál es la raíz de mi dolor; en segundo lugar, como conocedor de lo que es Dios (mis conocimientos trabajados mi entorno y mi persona [, mi inspección e introspección]), propongo una postura metódica y analítica, puesto que la culpa es una herramienta de control y no tengo motivo ninguno para ser controlado: mis objetivos vitales —que decido yo en sobriedad— no se han visto amenazados, estoy siendo cobarde.

No hay pena que dure mil años, ni cuerpo que lo aguante: ser consciente de los límites que tiene Dios sobre ti te ahorra el mal presente. Por mucho que, como he dicho, naturalmente —clave, «naturalmente»— se disipe, la verdad es que eso puede llevar mucho tiempo e incluso puede regresar. A todos, de vez en cuando, se nos reaparecen fugazmente episodios vergonzosos. Lo menos decoroso para un hombre debe ser siempre no poder controlarse, no atender a sus deseos auténticos, depurados —tanto en la manía como en la depresión —, mas no hay motivo para preocuparse por lo superado. Cuando uno entiende la culpa, casi sinónimo de vergüenza porque, al final, tienen el mismo propósito… ¿qué poder puede tener ésta sobre uno? Más allá del impacto repentino en el organismo, pero la razón es poderosa.

La culpa nos hace sentir a punto de morir, porque de hecho sí hemos de temer a las consecuencias de nuestros actos. No hace falta que nos maten aún para que entendamos que si matamos al hijo de alguien, seguramente vengan a hacer justicia. Cuanto mayor sea el atentado contra nuestra propia vida, mayor será la culpa. Dicho de otra manera: cuánto más difícil sea que nos perdonen, más aguda será la culpa. La culpa es una sensación, mientras que el conocimiento de consecuencia es una racionalización. Es sobre la culpa, sin embargo, sobre lo que se construyen los valores y por este motivo, abundan los vulgares y contradictorios.

«El castigo debe tener el valor de despertar en el culpable el sentimiento de culpa […], esa reacción anímica […]. [No obstante,] los verdaderos remordimientos de conciencia son algo extremadamente infrecuente» — F. Nietzsche. La genealogía de la moral.

La naturaleza no hace nada absoluto, es una criatura oportunista. Si la culpa es algo natural, todo lo que se siga de ella no será sólido. Cuánto más viejo me hago más en la cuenta caigo: no hay razón para aferrarse a una multitud de objetivos honorables, sobre todo si se machacan los unos a los otros. En cuanto al honor, más vale calidad que cantidad porque quien mucho pretende poco abarca. Especializarse es algo maravilloso en nuestra corta vida mortal. La naturaleza puede quedarse con sus sensaciones y procreación: yo escojo otro camino, así que en lugar de dejarme llevar, he tomado las riendas de mi vida y juego mis cartas para fallarme lo menos posible. Otra clave: «fallarme lo menos posible». Uno debe entender que Dios siempre gana, sea como sea, él es la banca.

«Lo subjetivo desaparece, hasta el completo olvido de sí mismo» — F. Nietzsche. El nacimiento de la tragedia.

Un verdadero remordimiento de conciencia es, pues, la vergüenza de que, por un momento, me haya importado tanto la muerte de un par de ratas a las que no les importa ni su vida ni la de sus seres queridos. Tanto mejor si perecen aquellos que atentan contra mis objetivos vitales: hoy soy un hombre mejor. 

Sobre el liderazgo, II.

En mi última entrada inicié este tema, hablando sobre los impedimentos naturales del macho para someterse a la hembra y de la hembra para someterse a quien sea. Hoy hablaré un poco más sobre las necesidades particulares de cada género.

Primero os comentaré un argumento que propuso Jordan Peterson —sabéis que con el caballero nunca estoy de acuerdo puesto que es idealista y fantasioso— durante un debate contra el Destiny: «las mujeres tienden a ponerse más de acuerdo [dijo literalmente «agreeable», agradables, cordiales, solícitos] que los hombres y por ello tienden a cometer menos crímenes. Los hombres tienen tendencias psicopáticas y son, por lo general, menos empáticos que la hembra».

El problema de Jordan Peterson es que su cosmovisión es enteramente familiar. La familia no es un fin en sí mismo, sino un medio. Tomarlo como el eje de todo es útil para tratar de estabilizar a la sociedad. La dualidad de los sexos y su tensión constante requiere de, pues, el fomentar modelos claros de hembra y macho y castigar a los rebeldes. Sin embargo, hay un problema cuando se habla de las hembras como un ser más empático y apacible que el macho, y es que pocas veces se comenta el porqué de este espejismo, porque solo es una burda apariencia: la mujer tiene más riesgo al enfrentarse contra el resto que el varón, y no está hecha para la guerra así que no necesita fuerza bruta... está provista, pues, de otras mañas. 

La mujer depende de la sociedad en su conjunto, puesto que es débil y todo el riesgo lo carga a sus espaldas y dentro de ella. Todo su beneficio supone un duro sacrificio (la lucha, el sexo, etcétera). La mujer tiende a ser más solícita, pero solo a regañadientes. Como dije en la anterior entrada, el hombre se somete sinceramente a otro hombre, mientras que la mujer se subordina en apariencia. La imagen de «la buena madre» que es el ideal de Peterson, estoy segura, es una criatura mítica, legendaria, únicamente vista en la Biblia, si acaso. Sí, sí, vuestras madres son muy Santas, hasta que las conozca yo. 

El rencor es, por ejemplo, algo muy femenino, puesto que no puedes abalanzarte sobre cualquiera que ose herirte o suponga un riesgo... el rencor y, claro, la alerta constante. Desconfianza y miedo caracterizan a la hembra humana también y solo se agudiza cuanto más consciente es, quizá con el tiempo y la edad, de la cruel realidad que la envuelve. 

Solo hay que ver como tambaleó la sociedad al darle independencia a la mujer, en un sentido sociopolítico. La mujer empezó a chillarle al varón como una niña pequeña rabiosa, porque por fin podía decir lo que pensaba [lo mismo que el macho piensa de ella]. Incluso cuando la mujer no patalea y simplemente se burla del sexo opuesto con elegante naturalidad, como si fuera de lo más evidente, así como lo hace el macho continuamente haciendo de menos a sus madres, hermanas y amantes; incluso ahí sigue siendo una muestra de que nunca aceptó la sumisión de corazón, porque no está en su naturaleza admirar al hombre [a nadie]. Esto es importante. 

La maldad de la mujer y la maldad del hombre son diferentes solo porque sus medios son diferentes, pero no porque uno de los dos esté más dispuesto que el otro a nada moral o divino, como a veces parece que Peterson quiere dar a entender. 

Siguiendo con lo de la sumisión, la segunda parte está dedicada a tratar la necesidad y utilidad de las figuras dominantes en el sector masculino y el femenino. Su utilidad influye en la percepción y valía que tienen para sus congéneres.

La existencia de un hombre superior beneficia a sus camaradas... Un hombre fuerte e inteligente es signo de un hermoso porvenir.

La existencia de una mujer superior no beneficia a ninguna mujer. Una mujer bella e inteligente no es nada más que una molestia para el resto de mujeres, así que no hay razón para la admiración genuina. Si hay una especie de admiración, será o bien desde la misericordia (para con ellas mismas) o será maliciosa (significando que, realmente, no la ven como algo valioso, como haría un hombre con otro hombre, sino como una criatura inferior en muchos aspectos, despreciable incluso, y eso hará que perdone su apariencia perfecta, quizá incluso delire en superarla por mucho... ingenuidad o perspicacia, depende de las circunstancias).

Adicionalmente, se ha de considerar el propósito de cada uno de los géneros: debido a su manera de extraer y procesar el beneficio, el hombre da y la mujer quita. Esto es así una norma en las especies por como se procesa el beneficio que permite la continuidad de la especie (esto es, el sexo). 

La presencia de una mujer más atractiva y más capaz es un grave riesgo puesto que potencialmente rebajará tus recursos. La presencia de un hombre atractivo y más capaz, por el contrario, fomentará la abundancia. 

Sin embargo, es de recordar que nadie tiene un valor absoluto. Cada uno de nosotros es reemplazable en su rol e irreemplazable en sus prestaciones. Un sabio entenderá y valorará la "unidad" que son las personas a su alrededor y él mismo. Nadie debe envidiar a nadie, si no es para coger del mundo lo que quiere para sí (enderezarse, crecer, construirse gracias a la inspiración, ganar utilidad, ser más bravo, más glorioso). Desde luego, nunca hay que poner a nadie por encima de otro, especialmente si uno es cercano y el otro, un mero espejismo. Los demás son enemigos, eso es lo que hemos de aprender de las mujeres. Tú has de aferrarte a los tuyos, a un clavo ardiendo. Y si demuestran no ser los tuyos, tíralos al río o estarías incumpliendo la primera enmienda.

¿No es irónico? Cuánto más pretendo alejarme de Dios, más pareciera que me aferro a él: renuncio a la tribu que me trata de imponer y me obceco con defender la mía escogida. A mí no me va a trampear nadie, por supuesto. Mientras yo viva, el mundo no conocerá mi honestidad (o mientras el mundo viva...), mas no será obstáculo, sino ventaja, para alcanzar la mí (no tan) secreta meta de amar a alguien.

Puesto que amar a alguien es la motivación suprema... yo quiero protegerme para proteger a alguien o, más bien, proteger a alguien para protegerme. Mataré a quién haga falta con tal de proteger mi hogar.

*

[Actualización 30.03.2024] 

Me apareció un vídeo de una chica —no lo tengo a mano, por desgracia— comentando que le parecía muy curioso como muchos hombres no creían que las mujeres fueran inteligentes, pero sí maliciosas. Dijo que, claro, se sentía contradictorio porque la malicia requiere de cierta inteligencia. 

Ha sido habitual referirse a la mujer como una «criatura astuta». Algunos incluso han hablado de la «incapacidad de amar» de la hembra. Bueno, si nos referimos al 'Amor' como hacen muchos cristianos, abogando por el sacrificio, claro, por supuesto alguien podría decir que la mujer, puesto que no da, sino que quita, es un ser que no se sacrifica. Lo cierto es que el hombre da aquello que no le supone un sacrificio, y es un proveedor para sus camaradas e hijos —y a veces para su mujer, aunque mira esto, puede serte interesante...

A menudo se ven malos esposos que son buenos padres, ¿pero jamás he visto un mal padre que sea buen esposo? Es curioso, puesto que uno es válido y el otro se contradice, sabe amargo, sabe extraño, irracional. Y es un sentimiento acertado: no tiene ni pies ni cabeza—.

Sobre el liderazgo

Aquí la pt. 2.

El otro día oía el discurso de un hombre tradicional. Una mujer, a todas luces ingenua, comentó: «¡Desde que mi marido ve tus vídeos, es un hombre mucho mejor!». Le contesté: «si ha tenido que venir un hombre a decirle lo que tiene que ser o no ser, no te respeta y has de desecharlo». 

Es un hombre sin alma, se nota. Con solo esa frase sé que trata a las mujeres como tontas o que solo puede acceder a mujeres con el intelecto en entredicho. Si como mujer tienes la opinión de lo que ha de ser un marido, he de suponer que le has estado expresando estos deseos a tu hombre. Estas súplicas han caído en saco roto hasta que ha venido otro hombre, un hombre fuerte y con el respaldo de miles de personas, a decirle lo mismo que tú. Si jamás lo has expresado, es peor, porque significa que solo puede casarse con una mujer inepta y sin coraje. ¿Qué tiene eso de valioso? Es un simio, porque solo el simio no atendería a razones sino a figuras de autoridad. ¡Ah! ¡Encima es un "marido", con lo cual he de suponer que es un mono de más de veinticinco años! Con una mona, claro. 

¿Qué es un líder? Un líder es un individuo que tiene el apoyo dentro de un grupo, por encima del resto de miembros. Por mucho que el hombre quiera colocar a uno en la posición de líder, es solo cuestión de tiempo que la naturaleza se lo coma. Hay un líder natural en cada grupo... de varones. Lo cierto es que solo un varón puede ser un líder, no por la autoridad titular, sino porque la necesidad así lo ha dictaminado. Así mismo, solo el varón puede ser subordinado a un líder. Entramos en detalle...

¿No habéis notado la diferencia entre una manada de varones y una manada de hembras? Notaréis como las diferencias sociales en un grupo de machos son claras y concisas. Todos conocen las limitaciones dentro del grupo y reconocen al líder. Lo admiran, abierta o secretamente, y se posicionan, lo admitan o no, por debajo de él en todo momento. Es, generalmente, el más fuerte y apuesto, con la inteligencia necesaria para no quedar en ridículo delante del resto del grupo. Es una persona que está por encima de los subordinados, pero que no los rebasa lo suficiente como para despreciarlos y subordinarse al macho líder de otro grupo. 

Os voy a explicar qué sucede en el mundo laboral para que haya desigualdad autoritaria entre varones y hembras. No, no son los hijos únicamente. 

El origen del liderazgo masculino es la guerra, la necesidad de luchar en grupo. Por eso, aunque estemos "alejados" de la "sociedad primitiva", sigue marcando una diferencia superlativa en la comunicación que un individuo sea más alto, más fuerte, más atractivo y más apoyado por otros. Si te subordinas al líder, que es mejor que tú, tienes más posibilidades de sobrevivir en la guerra. 

Esta es la diferencia primordial entre el varón y la hembra en la sociedad: el varón se subordina a otros para ganar la guerra, la hembra no se subordina para sobrevivir en el hogar. El hombre es sincero y agradece ser esclavo de otros hombres, por eso son mano de obra por naturaleza; la mujer acata por obligación y a regañadientes y, en cuanto se le presente la oportunidad, se deshará de su amo. El varón se subordina a la hembra por sexo, la hembra al varón por protección. 

La hembra jamás se subordina a otra hembra. Por eso la amistad femenina tiene mala fama: todas se ven o iguales o superiores a sus congéneres. Y, si lo piensas bien, no hay tanta diferencia entre mujeres porque la inteligencia y el atractivo no tiene grandes desviaciones, cosa que no pasa con los hombres. Lo que sucede ahí es un choque constante de intereses, porque si ninguna se subordina de buena fe a otra, competirán inevitablemente. 

El hombre teme al líder porque cuestionarlo supone perder todo el apoyo bélico, es decir: supone su muerte. El hombre depende físicamente, directamente de otros hombres. La mujer no tiene la presión de la guerra, solo tiene que llevar a cabo sus tareas cotidianas con la mayor seguridad posible: su lucha está en casa, así que se dedica a purgarla. 

En un escenario de oficina donde un varón y una hembra presenten las mismas capacidades, el varón tendrá a su favor el resto de varones, por lo que acabo de explicar. Apoyar al macho les producirá más placer, sin que sepan el por qué, y la hembra quedará desplazada. Otra hembra podría apoyar al macho si desea su favor, dejando de nuevo a la potencial líder desamparada. Si esa hembra no podría jamás recibir la protección de este macho líder, entonces quizá, por despecho, apoyará a la hembra; pero este favor será volátil y desaparecerá si el trato del macho para con ella se ve modificado. Un macho apoyaría a la hembra si ésta es muy atractiva para él; sin embargo, si la potencial líder le da el máximo honor de tener sexo con él, el resto de machos que también la podrían apoyar por sexo, no la apoyarán, porque ha cerrado el trato con otro hombre. Si este macho no consolida una relación, volverá al lado del hombre.

La única manera de que una hembra domine el territorio del varón más capaz en un grupo de varones, es que esta sea astronómicamente excepcional. En cuyo caso el varón más capaz seguramente intente o someterla sexualmente o destruirla. Si la mujer consigue dejarle en ridículo, el resto de varones se sentirá avergonzado de tenerlo como líder: no es digno de someterlos a ellos tampoco. 

La comunicación en lo laboral es crucial, si no es lo eminente, y, si la lleva un varón, será mucho más efectiva para la mayoría de primates. ¿Os parece esto extraño? Si la altura determina por defecto la autoridad de un varón, ¿por qué sería extraño que lo haga su sexo, comparándolo con una hembra? Recordemos que todo es material y que no hay que darle tampoco una importancia excesiva. Tan solo... tan solo echémosle un vistazo a lo que está pasando. Sacaremos más provecho aceptándolo y actuando acorde de manera astuta.

Los hombres se rompen la espalda por otros hombres, se prostituyen tanto como la hembra.

Hay un par de cosas más a tener en cuenta: 

  • Si un varón, en su crianza, observa una desigualdad en cuanto a capacidades a favor de la madre, le costará aceptar la autoridad de otros varones y los cuestionará con más facilidad.
  • Si un varón, en su crianza, observa dicha desigualdad a favor del padre, jamás estará a favor de una mujer sin atractivo sexual. 
  • Si una hembra, en su crianza, observa una desigualdad a favor de la madre, se mostrará más recelosa de las hembras. 
  • Si una hembra, en su crianza, la observa a favor del padre, será más sumisa. 
Durante muchos años, la mujer ha estado en situación de dependencia física con el marido por las restricciones laborales y financieras, lo que ha impactado a la perspectiva de los hijos sobre las capacidades de sus padres y madres. 

El comportamiento de hombres y mujeres ha variado mucho en consecuencia: actitudes antaño comunes ahora son calificadas de aberrantes. La mujer ahora impone sus deseos, racionales e irracionales, oportunos e inoportunos. Si no está conforme con el varón, tampoco necesita su protección... pero como la mujer tampoco es un ser inteligente y superior a su humanidad, está condenado a quedar tan en ridículo como su contraparte, por toda la eternidad. 

Esto es, por supuesto, a groso modo y sin mucho matiz. Pero, eh, así os alejo un poco del discurso tonto de las gentes... y hablamos con lo valedero: el azar y la necesidad.

El psicópata de Jorge

El otro día estaba escuchando a dos señores hablando sobre la psicopatía y, como no, el filósofo tuvo que arquear una ceja. Una vez más, se demuestra que el mono repite por consenso y no piensa antes de hablar.

Se suele decir que el psicópata es una persona despiadada que ve a las personas como medios y no como fines... y la gente no para de repetir la misma bobada en bucle. Nunca he entendido esta afirmación y a medida que siga hablando veréis como vosotros tampoco. El punto viene siendo que los psicópatas no pueden crear conexiones genuinas con los demás, porque son fríos y calculadores, además de crueles y violentos. 

No todos los psicópatas (por no decir todo el rato, individuo que puntúe alto en la escala de psicopatía) actúan igual porque, por supuesto, igual que con todo en esta vida, con el autismo y con la negrura, el humano va por grados. Con lo cual, una persona puede ser serena y altamente psicópata, así como un imbécil puede no tener remordimientos y querer pegarse con todo lo que se le cruza por delante. 

Llevo toda la vida leyendo a presuntos diagnosticados psicópatas en Quora —que en principio fueron a ver a profesionales de la medicina solo porque se sentían ligeramente desplazados o tenían curiosidad porque al ser honestos la gente los trataba extraño—, que responden a las preguntas morbosas de los internautas. La pregunta por excelencia es:

— ¿Puede un psicópata amar? 

La respuesta suele ser algo como:

— No, no entiendo a qué os referís siquiera.

¿Os recuerda a algo? Exacto, os debe recordar a una máquina. Resulta que si a un ser humano le quitas  esa acérrima dependencia social se queda en esto: una persona que no comprende qué es esa bola romántica, porque es algo que no puede entenderse sin el largo recorrido biológico del ser humano. Es un impulso, una necesidad: ¡la esclavitud de la que el hombre no puede escapar porque es presa de Dios! 

El psicópata «padece» un trastorno antisocial. Por eso, el psicópata es vulnerable al resto de flaquezas humanas, la única excepción son los asuntos sociales. La máquina no entiende de ningún asunto: el psicópata tan es incapaz de acceder a la feria del amor. ¿O no? 

¿Qué es «amar»? Uno de estos hombres lo sé infiel y burlesco al respecto. ¿Es él un psicópata? ¿Podríamos decir, aún así, que sabe amar? No, la verdad es que no sabe Amar, pero sí puede sentir atracción y dependencia, y esta especie de amor vulgar —el más común de los amores— es la necesidad de socializar y el apego o cercanía a determinadas personas medianamente compatibles del sexo opuesto. La amistad es lo mismo pero con el mismo sexo. 

Vaya, estoy seguro de que el psicópata puede hacer eso también. Piénsalo como ver una serie: una serie puede ser entretenida, ¿no? Estoy segura de que un psicópata puede reírse con una buena comedia. Esa buena comedia puede ser una persona. ¿Le importaría si se muriera? Sí, porque se quedaría sin ese entretenimiento. Si es una pareja, quizá se quede sin un buen compañero de cama. ¿Te suena esto? Es el mismo concepto de amor y amistad que tienes tú. 

El problema es que el psicópata experimenta una suerte de lucidez de lo que hace en lo social y muchas personas actúan por impulso ciego, inconscientes de sus acciones. Viéndolo así, el psicópata simplemente no va en piloto automático cuando gestiona sus relaciones sociales. Empero, si tienes hambre, da igual si eres un adicto a la comida o no, notarás como tu cuerpo se va debilitando... eso es la pérdida de recursos por abnegación social. Esto de «no ir en piloto automático» tampoco significa que sea más inteligente que los demás, ni que pueda extraer más beneficio; sino que tiene una perspectiva distante que le proporciona herramientas diferentes. Al final, como con todo, hay una manera universal de hacer las cosas por algo. El psicópata «se integra y camufla» porque es la manera de hacer las cosas en sociedad. No, no es que se ponga modo camaleón para burlar a las personas, sino que cooperar en la mayoría de casos es lo más beneficioso para todos. 

Pero, ¿acaso solo el psicópata falla y es de temer? Cuando una persona es infiel a su pareja, la única diferencia entre el psicópata y la persona estándar es la cantidad de lágrimas que se derramarán en ese hogar, pero la falta sigue siendo la misma. 

«Al psicópata la moralidad es un asunto que no podría importarle menos, porque precisamente una de sus definiciones es la de la persona que está fuera de la comunidad moral. La moral de su grupo no repercute en sus acciones: no necesita cumplir con un rol solo porque es lo que se espera de él», visto en Asesinos múltiples de Vicente Garrido. 

A menudo se le da demasiada importancia al dolor en el corazón del traidor... no hay razón para apiadarse de alguien por sus lágrimas: la demostración de arrepentimiento es una adaptación evolutiva para quedarse en la tribu, para convencer al resto de que no lo volverás a hacer. Demuestras dolor y los demás te perdonan. Eso es absurdo. La mayoría de monos cometerán la misma falta una y otra vez pese a que derramen lágrimas porque están programados para faltar de vez en cuando, que supone más beneficio que comportarse rectamente siempre. Se agobian, se estresan, dicen que «han cambiado», se convencen ellos. El psicópata solamente dirá:

— Quise hacerlo y lo hice. Una lástima que se haya destapado todo. 

Al momento de juzgar, los monos dirán que la primera persona [la que llora] ha cometido un pobre error, que todos somos humanos; sin embargo, el psicópata los aterrará. Amigo, han cometido el mismo error, ¿pueden unas lágrimas de cocodrilo hacer tanta diferencia? Sí: porque si hay dolor hay más posibilidades de que te delates tú mismo. ¿Cuántas veces la conciencia os ha hecho confesar alguna fechoría? Os sentís mejor con vosotros mismos después de decirlo y los demás agradecen vuestras lágrimas porque saben que si has sufrido hoy, sufrirás mañana: y si vuelves a cagarla lo sabrán, porque no tienes la capacidad de callar.